Si se pudiera habría que sacar una caja de seguridad en un banco y guardar esos 15 minutos finales. Que nadie no los robe. Nunca, Jamás. No sabemos, pero es difícil que se repita. Ese vecino mala onda de repente nos cae bien. El jefe no es tan malo, el sueldo no alcanza pero vamos viendo. El fútbol como gran cohesionador social. Una selección que genera identificación, pertenencia.
Todo parece mejor cuando juega, la calle parece distinta. No hay grietas, salvo algunas estúpidas excepciones como los “brancatellis, peñas, cintias garcias, mengolinis” de la vida, marginales de los que no vale la pena ocuparse. Esta selección achica las distancias sin que sean necesarios slogans de Perogrullo. Lo hace con palabras, gestos, y un orgullo competitivo, se muestra humana, vulnerable: el Dibu capaz de soltar que no pudo “ayudar” a sus compañeros.
La victoria del martes habilita a todos los lugares comunes que nos identifican, desde el “somo lo mejor papa” al “dios es argentino”. Pero no fue eso, fue la síntesis de lo que es esta Selección y puede sintetizarse en la figura de Messi: humildad, sencillez en la gloria, perseverancia, constancia, método, disciplina, sacrificio, carácter, madurez, paciencia, liderazgo sano, no toxico, respeto, prudencia, dedicación al trabajo. Pero hay un rasgo que lo convierte en algo más grande aún. Fue como una válvula que descomprimió esa presión al borde del infarto colectivo. Fin del partido, Messi suspira ante las cámaras y se saca de encima la angustia. Como cualquiera, solo que el lo hacía ante el planeta, ante millones y millones de miradas. Porque en ese momento es fácil ponerse en sus botines, no para patear una pelota, si para entender que pasa dentro suyo. Contagia. Dan ganas de abrazarlo. No al mejor jugador del mundo, al que rompió todos los records, sino al hombre, al ser humano. Al ser sensible que junto a sus compañeros construyo una selección más humana, más cercana, que se permite llorar y hacer llorar a buena parte de los argentinos.







































