El último día de agosto del 26 quedará caracterizado como un día donde se mezclaron la gratitud, el dolor, la melancolía y la admiración eterna. “Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina” dice la letra de una canción de Vox Dei. Ese día llegó. “Me vacié, ya no tengo más para dar” posteó el crack eterno que jugó con el mismo desparpajo desde los potreros rosarinos hasta la máxima competencia mundial. El gigante que convirtió cada jugada en arte. Los números son abrumadores y quedaran para la estadística. Con el paso de los días y ahora se entiende todo, aquellas lágrimas en la final significaban mucho más que un resultado que no se dio, era el final de una época dorada, brillante, sensacional, legendaria, de uno de los mejores jugadores de la historia, sino del más grande. Había terminado su última obra, fue el mejor jugador del Mundial (a pesar de no haber sido elegido como tal) destilando su magia, impensada en alguien a quién el almanaque le había marcado 39 años.
A su talento natural debemos agregar esa capacidad para reinventarse y transformar los momentos difíciles en gloria. Como el Ulises de Homero en la Odisea, se volvió más fuerte ante cada adversidad. Las comparaciones con Maradona lo persiguieron durante muchos años. Lo criticaron por “pecho frio”, porque no cantaba con suficiente entusiasmo el Himno, porque carecía del carisma y el fuego de Diego, porque no desplegaba su magia como lo hacía en el Barsa, pero por sobre todo le facturaban que Argentina no saliera campeón. Gran parte de la prensa lo fulminó y gran parte de la sociedad le colgó el sayo de que, para consagrarse como mejor jugador del mundo, le faltaba ganar un Mundial. Típica imbecilidad argenta, que incluso después de haber conseguido ese logro, si bien minoritario otro sector de más imbéciles aún, lo trataron de “desclasado”. No solo sus triunfos lo engrandecen sino la épica de sobreponerse a todas aquellas caídas y de haber tenido la osadía de la moderación. Jamás respondió a aquellas críticas.
En general, como sociedad, juzgamos a nuestros ídolos por cuestiones que se extralimitan a su trabajo, Pasa con los ídolos deportivos, con los artistas, cuando, personalmente, creo que, se trate de un deportista, un artista, debemos valorarlo por su desempeño, por su obra. Sin embargo, en el caso de Messi, sin proponérselo, por ejemplo, jugó todo el Mundial con una mochila extra, sabía que la salud de su padre se había agravado, sin embargo sacó en la cancha su genio, y, una fortaleza anímica y un sentido del deber, que adquieren una dimensión que sobre pasa lo estrictamente futbolístico. Y se convirtió en un ejemplo. Podría haber elegido antes y después de la muerte de su padre haberse alejado de sus obligaciones, tenía derecho, a esta altura de su carrera nadie se lo hubiese reprochado. Sin embargo eligió honrar sus obligaciones. Actuó con sentido del deber, sin resignar, como se vio después en la carta de despedida a su padre, la cercanía con su familia, con los suyos. Una carta profunda escrita con la cabeza pero también con el corazón. Nos conectó con la intimidad del dolor, con nuestras propias experiencias de pérdidas y de duelos, como también, entre líneas la reivindicación de valores que hoy parecen desdibujados.
Messi nos emoción dentro y fuera de la cancha. Por eso su figura es una caja de resonancia que lo amplifica todo. Además de ser un futbolista único, sin proponérselo, es un líder que trasciende las audiencias deportivas. Un liderazgo construido a partir del esfuerzo, del trabajo, del sacrificio, del bajo perfil, de valores. Por eso es tan querible y quizá, el único argentino que pudo atravesar la perversa grieta. Logró el abrazo de desconocidos, que se retomaran diálogos que estaban en el arcón de los recuerdos, logró unanimidad, unir a los argentinos en un solo grito y calles inundadas de personas que salieron a festejar que eran felices aunque sea por un momento, dejó una sonrisa en niños que lo tomaron como referente dentro y fuera de la cancha.
Según el filósofo español Fernando Savater, “hoy todo el mundo quiere ser víctima y tener un escaparate”. Ve el victimismo como parte de una cultura contemporánea., una forma de conseguir atención y validación social. Messi nos demostró que se puede ser héroe sin ser víctima., “no pude, las piernas no me daban más”, sin echar culpas, escribió en su carta. Nos demostró algo más terrenal, más cercano a los simples mortales, se puede ser sensible sin dejar de ser profesional, se puede ser vulnerable sin perder la fortaleza. En esa carta, sin quererlo, escribió un manual de conducta. La enseñanza que nos deja esa carta, como toda su vida no vino envuelta en ampulosos alardes retóricos, sino en palabras y actitudes simples. Tuvimos la suerte de ser contemporáneos, para mí, del más grande de la historia. Podría seguir escribiendo y quizás no alcancen las palabras del diccionario para describir todo lo que fue y es Messi. Lo voy a resumir en una sola palabra: GRACIAS








































