“Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina” dice la letra de una canción de Vox Dei. Ese día llegó. El crack eterno que jugó con el mismo desparpajo desde los potreros rosarinos hasta la máxima competencia mundial se despidió en una noche inolvidable. El gigante que convirtió cada jugada en arte. Los números son abrumadores y quedaran para la estadística. Con el paso de los días y ahora se entiende todo, aquellas lágrimas en la final significaban mucho más que un resultado que no se dio, era el final de una época dorada, brillante, sensacional, legendaria, de uno de los mejores jugadores de la historia, sino del más grande, un jugador que marcó este siglo Había terminado su última obra, fue el mejor jugador del Mundial (a pesar de no haber sido elegido como tal) destilando su magia, impensada en alguien a quién el almanaque le había marcado 39 años. A su talento natural debemos agregar esa capacidad para reinventarse y transformar los momentos difíciles en gloria. Como el Ulises de Homero en la Odisea, se volvió más fuerte ante cada adversidad. Las comparaciones con Maradona lo persiguieron durante muchos años. Lo criticaron por “pecho frio”, porque no cantaba con suficiente entusiasmo el Himno, porque carecía del carisma y el fuego de Diego, porque no desplegaba su magia como lo hacía en el Barsa, pero por sobre todo le facturaban que Argentina no saliera campeón. Gran parte de la prensa lo fulminó y gran parte de la sociedad le colgó el sayo de que, para consagrarse como mejor jugador del mundo, le faltaba ganar un Mundial. Típica imbecilidad argenta, que incluso después de haber conseguido ese logro, si bien minoritario otro sector de más imbéciles aún, lo trataron de “desclasado”. No solo sus triunfos lo engrandecen sino la épica de sobreponerse a todas aquellas caídas y de haber tenido la osadía de la moderación. Jamás respondió a aquellas críticas.
En general, como sociedad, juzgamos a nuestros ídolos por cuestiones que se extralimitan a su trabajo, Pasa con los ídolos deportivos, con los artistas, cuando, personalmente, creo que, se trate de un deportista, un artista, debemos valorarlo por su desempeño, por su obra. Sin embargo, en el caso de Messi, sin proponérselo, por ejemplo, jugó todo el Mundial con una mochila extra, sabía que la salud de su padre se había agravado, sin embargo sacó en la cancha su genio, y, una fortaleza anímica y un sentido del deber, que adquieren una dimensión que sobre pasa lo estrictamente futbolístico. Reafirmó lo que siempre fue, un ejemplo. Siempre eligió honrar sus obligaciones. Jugó el Mundial a sabiendas del desenlace que le esperaba a su padre. Actuó con sentido del deber, sin resignar, como se vio después en la carta de despedida a su padre, la cercanía con su familia, con los suyos. Dejó su testimonio en una carta profunda escrita con la cabeza pero también con el corazón. Una carta que es un manual de conducta, de vida. . Nos conectó con la intimidad del dolor, con nuestras propias experiencias de pérdidas y de duelos, nos hizo sentir cercanos, es tan humano como nosotros. Sin ampulosos alardes retóricos, nos dejó como enseñanza, que a pesar de estar en el Olimpo, se puede ser sensible sin dejar de ser profesional, se puede ser vulnerable sin perder la fortaleza. Messi nos emocionó y emociona dentro y fuera de la cancha. Es lo que queremos ser, pero por esos misterios de la vida no somos. Su figura es una caja de resonancia que lo amplifica todo. Además de ser un futbolista único, sin proponérselo, es un líder que trasciende las audiencias deportivas. Un liderazgo construido a partir del esfuerzo, del trabajo, del sacrificio, del bajo perfil, de valores. Por eso es tan querible y es, el argentino que pudo atravesar la grieta. Es absolutamente contra fáctico y puede sonar hasta romántico ¿pero que seria de la Argentina, si además de admirarlo, todos, intentáramos ser como Él? Logró el abrazo de desconocidos, que se retomaran diálogos que estaban en el arcón de los recuerdos, logró unanimidad, unió a los argentinos en un solo grito y las calles se inundaron de personas que salieron a festejar que eran felices, aunque sea por un momento, dejó una sonrisa en niños que lo tomaron como referente dentro y fuera de la cancha.
Nada parece suficiente para despedir al que ya es una leyenda. El estadio, el rival, los videos, los drones, la plaqueta, la ovación, el partido, los fuegos artificiales, todo queda chico para resumir en un día la historia de un jugador que trasciende al futbol, ya es una leyenda del deporte mundial. Como lo dijo, Messi extrañará a la Selección y la gente sentirá nostalgia por una Selección sin Messi. Esa confluencia de sentimientos es la evidencia de ese vínculo entre el astro y la gente, una argamasa de lágrimas, ilusiones, desencantos, victorias, derrotas, sonrisas. Nada quedó afuera. entre un público entregado y un deportista de leyenda. Un adiós que contrajo los corazones, de la gente y de ËL, que una vez más demostró ser de una nobleza más fuerte que su innata introversión, dijo en un momento “estoy hablando mucho”.
Tuvimos la suerte de ser contemporáneos, para mí, del más grande de la historia. Podría seguir escribiendo y quizás no alcancen las palabras del diccionario para describir todo lo que fue y es Messi. Lo voy a resumir en una sola palabra: GRACIAS ETERNAS.







































