La oposición dura, esa que por más que al país le vaya fenómeno, jamás votaría a Milei, ve el caos, y en el borde algunos lo desean. El oficialismo ve lo contrario, una Argentina que se consolida y avanza, a pesar de que no se pueden explicar algunas contradicciones. Si el tema es así, ¿cómo se explica que, si el PBI creció el 4,4% al mismo tiempo creció la desocupación?, ¿Cómo se explica que, si el consumo está en su máximo histórico (textual del presidente) la recaudación siga cayendo?, ¿Cómo se explica el cierre diario de empresas, los casi trescientos mil puestos de trabajo en blanco que se perdieron y el endeudamiento record de los sectores medios?
Sin adversarios políticos con capacidad de disputarle el poder real el gobierno de Milei atraviesa uno de sus momentos más críticos. Entrampado en casos de los que no logra salir, en alguno porque no puede, en otros porque no sabe, en otros porque no quiere. Eso va horadando parte de su capital político. Escándalos éticos (el más conocido, el adornigate) que contradicen el discurso oficialista, más aún cuando Milei definió como uno de los pilares de su gobierno, el abrazo a la moral judeo-cristiana. ¿Dónde ponemos allí el caso Adorni, el caso $LIBRA, el caso de las presuntas coimas en Andis? Sin dudas esto rompe el contrato establecido con buena parte de sus electores. Se suma a eso, problemas de comunicación, falta de estrategia y ausencia de voceros creíbles y efectivos para enfrentar la crisis. En ese marco, las disputas internas sin fin y sin retorno dificultan la toma de decisiones, paraliza la gestión, deja expuesto problemas de liderazgos y genera una burbuja endogámica que evita penetren opiniones e ideas. Todo eso se ve exponenciado por una economía con tropiezos que no termina de dar respuestas a muchas de las demandas de la mayoría.
Todo lo contrario, la sociedad, gran parte de ella, comenzó a dar señales de un cansancio por un ajuste que no termina y se siente extenuada ante una ratificación por parte del Gobierno de sus creencias y dogmas. Todas las encuestadoras, incluso las que encarga y trabajan para el Gobierno, señalan el grado de irritación social creciente, y que, además de los casos de corrupción y falta de transparencia, dos de cada tres argentinos declaran haber
resignado consumos, y las expectativas sobre el futuro económico personal se deterioran.
El mayor capital político de Milei se había asentado sobre las expectativas de futuro y en terminar con la casta (hoy, letra escrita en agua) más que en las satisfacciones logradas, pero el deterioro de ese conjunto es un llamado de atención. Todas las encuestadoras, también las que trabajan para el Gobierno, señalan la caída en el índice de aprobación que hoy se encuentra en los niveles más bajos, promedia el 30%. La potencia simbólica del Milei recién asumido quedó atrás. Dos años de gestión lo cambiaron todo, su propia mochila, le pone al Gobierno los límites duros de la realidad. Este estado de cosas en la que se encuentra la administración, los datos de la economía, el 3,4 de inflación, las investigaciones de corrupción, alimentan la ira presidencial. Para los que observan esas cosas el Gobierno tiene una paleta de odio variada: delincuentes, ignorantes, ensobrados, resentidos, “basuras humanas”, “miembros de una asociación ilícita” y siguen las firmas. El Gobierno reacciona en forma corporativa, teñida de simplismo. Cualquier denuncia constituye una operación.
Si un dato incomoda, queda minimizarlo con una comparación con el pasado: que son las propiedades de Adorni comparado con los bolsos de López. Pero, la actividad económica, las causas judiciales, la corrupción, la inflación, no se arregla a los insultos y a los gritos.







































