Siguen llegando a la redacción de La Imprenta más denuncias y/o experiencias vividas por personas en geriátricos de Cañada de Gómez. Una carta más enviada a nuestro medio que deja revelado lo que siempre se sospecha, pero de lo que poco se habla. A continuación, reproducimos de puño y letra lo expresado por otra vecina de Cañada de Gómez sobre estas instituciones:
No escribo esto desde el resentimiento. Lo escribo desde el dolor y desde la necesidad de que se hable de algo que muchas familias viven en silencio. Mi papá murió hace tres años y medio. Durante el último año de su vida pasó por distintos geriátricos y lo que vivimos como familia fueron situaciones de abandono, maltrato y deshumanización que todavía hoy me cuesta olvidar.
Quiero aclarar algo porque existe mucho prejuicio: dejar a un padre en un geriátrico no significa abandonarlo. En mi caso jamás fue así. Yo iba todos los días a verlo, a veces una vez y a veces dos. Le llevaba ropa limpia, comida y lo controlaba constantemente, porque cuando una persona ama a sus padres, aunque estén institucionalizados, nunca deja de cuidarlos.
En el primer geriátrico, durante la pandemia, las visitas eran apenas de media hora. Un día sentí un olor muy fuerte a materia fecal. Revisé a mi papá y estaba limpio, pero cuando llevé la ropa a lavar encontré el pantalón completamente sucio, incluso usado para limpiarlo.
También recuerdo haber discutido porque le ponían ropa prestada de otras personas. Mi papá no era un paquete que “estaban preparando”, como me dijeron una vez, mientras yo esperaba para verlo. Tiempo después me enteré de que, en ese mismo lugar, habían asesinado a un interno. Ese día saqué a mi papá, lo bañé en mi casa y no volvió nunca más.
Luego vino otro geriátrico. Mi papá había sufrido una fractura. Entró bien alimentado y todavía caminaba. Con el correr de los días lo fui viendo cada vez peor: desnutrido, inmóvil, abandonado en una silla de ruedas. No lo hacían caminar. La “colación” era un vaso de agua con chizitos. Muchas veces le llevaba comida y no se la daban. Yo aparecía fuera de horario porque necesitaba saber qué pasaba cuando los familiares no estábamos. Más de una vez encontré a mi papá acostado sin haber cenado.
Recuerdo especialmente el día de la final del Mundial. Mientras millones festejaban, yo estaba en el geriátrico viendo a mi papá encerrado en una habitación, transpirado, sin higiene y muerto de calor. La empleada se puso nerviosa al verme porque no esperaba que fuera. Escuché gritos. Vi maltrato. En una oportunidad tuve que intervenir porque una cuidadora quería pegarle a mi papá. También vi cómo golpeaban a la madre de otra mujer internada allí.
Después lo trasladé a otro geriátrico, mucho más caro, un lugar que nos costaba muchísimo pagar y para el que hacíamos un enorme sacrificio económico porque creíamos que iba a estar mejor atendido. Nos prometieron atención de excelencia, pero cuando fui a verlo unos días después, estaba destruido. Llamé a una ambulancia y el médico me dijo algo que jamás voy a olvidar: que hacía aproximadamente 48 horas que mi papá no tomaba agua. Estaba deshidratado, desnutrido y con sarna. Y todo esto ocurrió mientras yo iba todos los días.
Por eso también, quiero hablar del juicio social. Hay personas que critican livianamente a quienes tienen a sus padres en geriátricos, como si fueran hijos perfectos. Pero muchas veces no existe otra posibilidad. No todas las casas están adaptadas para una silla de ruedas, para una persona con Alzheimer o con demencia senil. No todas las familias pueden dejar de trabajar para cuidar las 24 horas. Y contratar personal en domicilio tiene costos imposibles para gran parte de la sociedad.
Nadie deja a un ser querido en un geriátrico porque quiere desprenderse de él. Muchas veces se hace buscando, justamente, cuidado profesional, contención y dignidad. El problema es cuando detrás de puertas cerradas aparecen, el abandono, la indiferencia y el maltrato hacia personas que ya no pueden defenderse solas.
Nuestros adultos mayores merecen respeto. Merecen controles reales. Merecen alimentación adecuada, higiene, medicación y humanidad. Y las familias merecen poder confiar. Yo todavía cargo con imágenes que no voy a olvidar nunca y escribo esto porque no quiero que otras personas tengan que pasar por lo mismo.
Dejo en claro que cuando hago mención de geriátricos, me refiero a los siguientes: Mari Bauchi, Centurión, Shalon de Mónica Correa. Trinidad de Zabala.
Beatriz S.R.





































