En su discurso de 100 minutos el presidente lanzó 56 insultos, uno cada 100 segundos, según midió Chequeado. Después de un paréntesis (período pre electoral básicamente) de cierta moderación y cierto cuidado en las formas, volvió el panelista de Intratables. Está en su naturaleza, como en la fábula del escorpión y la rana. Esa “autenticidad” ratifica su alianza con el núcleo duro, una parte de la sociedad (un 25%?) que no le importa nada cuánto rechazo cause en quienes lo votaron menos por el amor que por el espanto que sigue despertando los K. Como todo gobierno, tiene derecho a tener su sequito de focas aplaudidoras que como buenos fanáticos tienen encarceladas las ideas. Voltaire lo sintetiza así: “cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro la enfermedad es casi incurable”. Y subraya la “peligrosidad del extremismo ciego que anula la capacidad de razonar”.
De los totalitarismos comparte la escatología salvífica, nosotros somos el Bien, los demás el Mal. No solo encarna el Bien, sino que lo encarna todo. El camino es siempre el mismo: la idea se eleva a ideología, la ideología a dogma, el dogma a fe, la fe a mesianismo, el mesianismo a totalitarismo. El problema que como todo fanatismo (sea del lado que sea, antes los K, ahora el mileismo), los fanatismos no son inofensivos. Para empezar, son incompatibles con la democracia, si yo soy el Bien y tengo el monopolio del Bien, si mi idea es la única verdadera y justa ¿por qué admitir el pluralismo, por qué ceder? La democracia, justamente, nació de la lucha contra esa concepción confesional de la política. ¿Será por eso que, a pesar de despreciar al Estado, Milei quiere potenciar y controlar sus instrumentos más poderosos, como haber querido nombrar en la Corte al cuestionado juez Lijo o haber nombrado al frente del ministerio de Justicia a Mahiques?
Poco o nada importa las formas, se sabe, para Milei son “un debate de tercer orden” y sostiene que los que se preocupan por las formas no tienen ninguna otra cosa. Sin embargo, alertar por las formas está lejos de ser un lujo de los “ñoños republicanos”. Por algo, alguien allí dentro, lo conmino a cuidar las formas durante la campaña el año pasado, a tal punto que terminaba sus discursos sin el clásico alarido “viva la libertad carajo”. Tiempo atrás, Javier Franzé, doctor en Ciencia Política, docente en la Universidad Complutense de Madrid señalo “cuando un presidente de una sociedad democrática insulta y denigra a los opositores, no está expresándose personalmente, sino que está creando una sociedad autoritaria. Ni siquiera lo disculpa que lo haga desde su cuenta de una red social, pues en tanto lo que emite allí es un discurso público en s rol de presidente, no el de una persona privada” Decía Diógenes de Sinope que “el insulto deshonra más a quién lo profiere que a quién lo recibe”
El agravio solo degrada la calidad del debate público, abarata la política, empobrece la discusión, los gritos ahogan las palabras y las ideas. Y la violencia discursiva de arriba permea hasta transformarse en violencia real, habilitándola.
Dejando de lado el núcleo duro, los indignados, preocupados, moderados “ñoños republicanos” se preguntan porque seguir votando a este “loco”, es porque aún es muy presente el rechazo a los “locos” del otro lado, que siguen apoyando ayatolas, siguen estando del lado de dictaduras militares latino americanas que torturan, secuestran, matan o encarcelan disidentes en el Helicoide de Caracas o en las cárceles de La Habana. También del lado de los que planificaron los atentados a la Amia y la embajada de Israel. Encima es tan grande el desvarío que se les dio por salir a insultar en manada a Messi por ir a la Casa Blanca. Por si algo faltaba, Pichetto fue a visitar a Cristina y después lanzó el movimiento “Hagamos Argentina Grande Otra vez”, con Guillermo Moreno al lado. Esta gente no aprende más. Este es el mayor activo de Milei, así, sin necesidad de insultos, gritos desaforados, sin necesidad de acudir a “ladrones, corruptos, kukas, mentirosos, bestias ignorantes brutas, cavernícolas, argentinos parásitos, empresarios corruptos” y siguen los epítetos, epítetos utilizados contra todos los que no piensen como él, sin necesidad de toda esa mise en scene, con la antología del esperpento que tienen en frente se queda hasta el 2050.
El tema es que la Argentina sigue oscilando entre el populismo de izquierda y el de derecha, sin asumir que el problema es el populismo en su cultura política.
Mientras “la calle” pide reactivación, empleo, mejores salarios. Le importa poco un gobierno que se auto endulza con los números macro, “la calle” no come estadísticas, sino que se ata a sus propias percepciones.







































