Desde su época de panelista Milei taladró los sentidos de los argentinos diciendo que la “inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. Así, mabeles y rubenes de la vida, que nunca escucharon de agregados monetarios, pasivos remunerados, etc, etc, se convirtieron en propaladores de esa consigna. Fue uno de los pilares de su campaña y es uno de los dos mayores activos que aún conserva: bajar la inflación. Que, justo es reconocer, la bajo considerablemente. Estábamos con 40 de fiebre, lo que hace insoportable la vida y la bajó a 37,5 y ahí parece estancada.
A pesar de meter las pelotas que van a fuera en el arco propio (art 44 de la Ley Laboral), con mas musculo político, Milei lidera los ritmos y el contenido de los procesos políticos. Sin embargo, hay un costado de la realidad, que se le resiste con terquedad. Y que se revela todos los meses cuando se conoce el índice de inflación. Tal vez no sea un asunto muy popular aún, en la piel del cuerpo social aun persiste los 40 grados de fiebre anterior. Cualquier razonamiento lógico registra no solo un problema serio con el número (a pesar de haber bajado sigue siendo muy alto), sino en el contexto en el que se da: caída salarial, caída del consumo, ancla cambiaria, endeudamiento record de la familias, reducción a cero de la obra pública, inédito respaldo económico de EEUU, más dos salvatajes anteriores (blanqueo y préstamo del FMI), sub utilización de la capacidad industrial (solo se ocupa el 50% de la capacidad instalada), aluvión de productos extranjeros.
La desaceleración inicial respondió al uso de cuatro anclas nominales: cambiaria, fiscal, salarial y monetaria. Y luego apostar a dos pilares que en la realidad no dieron resultado: el RIGI y las desregulaciones y reformas estructurales, que en palabras de Milei según dijo en el foro de Davos, fueron 13500. Número de difícil comprobación, ya que si para muestra basta un botón, algo tan sensible y visible en el imaginario social como son los registros automotores, allí todo sigue igual.
Milei se vanaglorio de haber hecho el ajuste “más grande la historia universal” en tiempo record, de haber eliminado el déficit, por consiguiente sin excedente monetario la inflación debería haber desaparecido. Una cuestión meramente matemática. Y no ocurrió, entonces aparecen las explicaciones sobre la demanda de dinero, la oposición destructiva, las elecciones de octubre pasado, la historia argentina y ahora el Presidente dice que al índice hay que sacarle un 2%. Mas allá de cualquier relato, de la repetición de los latiguillos monetaristas de siempre, vale preguntarse ¿es la inflación un fenómeno única y exclusivamente monetario? La teoría señala que si alguien ajustaba, no emitía, si no emitía no habría inflación. Este gobierno ajustó (“hicimos el ajuste más grande de la historia” sic Milei), por lo tanto no emitió, si hicieron todas las cosas bien ¿entonces? En enero la marca fue 2,9, los alimentos, algo de lo que ni pobre ni ricos pueden escapar, crecieron 4,7%. El número se vio agravado por la salida de Lavagna y el anuncio de que desecharon la metodología de medición que reemplazaría a la actual y que había sido anunciada oficialmente. Algo olía mal y desde entonces huele peor. Hasta el FMI se sorprendió Y para la gente, el índice no refleja lo que pasa por su bolsillo.
Fue un “amigo de la casa”, el profe De Pablo quién dijo, referido a la inflación, “lo central es que el gobierno tenga un diagnostico correcto”. ¿Lo tiene? ¿Puede entender y explicar porque la inflación no baja a pesar de que hicieron todas las cosas bien? Y no apelar a los cansadores latiguillos de siempre.
Milei tuvo la habilidad para vender una esperanza basada en la idea de que el porvenir dorado requiere primero derribar el viejo régimen y atravesar un desierto de penurias. A tal punto, que fue inédito que una sociedad votara a alguien que motosierra mediante prometiera un ajuste fenomenal. Y la sociedad prefirió a “un loco” al orden establecido. Pero el ajuste eterno no es sostenible ni social ni políticamente. ¿Hasta cuánto dura la paciencia? Hay que reconocer que Milei es un tipo de suerte, el otro gran activo es lo que tiene enfrente, puede patear al arco, que ni arquero hay. Mientras las nanzys pazos de la vida se encadenen frente al Congreso, los grabois de la vida increpen a las fuerzas policiales, los pietragala de la vida aseveren que los jóvenes se vuelven dignos cuando cometen un delito, Milei, haga las cosas que haga, la tiene asegurada. Como aquella máxima de Perón “no es que seamos bueno, los otros son peores”





































